Para un niño que vive en dos casas, el momento del cambio puede traer tristeza. Echa de menos a la persona que deja, o se siente inseguro al llegar a un lugar que aún no siente del todo suyo. Es normal, y no es señal de que algo vaya mal. Con paciencia, rutinas amables y palabras tranquilas, los adultos pueden acompañar al niño y hacer que cada despedida y cada llegada sean más suaves y más fáciles de llevar.
Dejad tiempo para la despedida. No hace falta que sea larga, pero sí sin prisas. Un abrazo, un beso y una frase amable, como que os veréis pronto, ayudan al niño a irse con el corazón tranquilo. Si el niño llora, no hay que apresurarse a consolarlo con promesas, sino acompañarlo con calma. Es bueno que sienta que sus emociones son bien recibidas, sean cuales sean.
Una llegada suave
Al llegar a la otra casa, evitad las preguntas y los planes complicados. Ofrecedle un vaso de agua, una merienda sencilla y un rato de juego tranquilo. Dejadle deshacer la mochila a su ritmo y colocar sus cosas donde le guste. Los primeros momentos son los más delicados, y un ambiente cálido y sin exigencias ayuda a que se sienta acogido.
Los objetos familiares dan seguridad. Un peluche, una manta, una foto o un libro favorito que viaja entre las dos casas aportan continuidad. También ayuda una rutina fija al llegar, como merendar juntos o leer un cuento. Con el tiempo, el niño asocia estos rituales con el cambio y los espera con cariño en lugar de con tristeza.
Mantened un tono positivo al hablar de la otra casa. Preguntadle solo si él quiere contar algo, y mostrad interés sincero. Evitad comparaciones y comentarios que puedan hacerle sentir dividido. Si la tristeza dura más de lo esperado, hablad con calma con el niño y con las demás personas que forman parte de su vida. Con el paso de los días y con cariño constante, el niño se irá sintiendo cada vez más seguro.